Ficha · Suelos
Qué es el suelo y cómo se forma
El suelo no es tierra. Es un cuerpo natural con tres fases y un perfil, que tardó miles de años en formarse y que se lee de arriba hacia abajo.
Octubre de 2026 · Texto divulgativo, no es asesoría

La palabra viene del latín solum, la base sobre la que se vive, y el uso corriente la confunde con tierra, polvo o terreno. Para quien lo estudia, el suelo es otra cosa: un cuerpo natural tridimensional, con tres fases (sólida, líquida y gaseosa), que ocupa un lugar en el paisaje y que tiene características únicas porque resulta de la transformación de un material original bajo una combinación particular de clima, organismos, relieve y tiempo. Esa transformación deja marcas en capas, y la sección vertical donde se ven esas capas es el perfil.
Tres ciencias que lo miran
La geología estudia la Tierra, sus materiales y su historia; de ella viene la roca con que empieza todo. La pedología estudia el origen, los factores y la evolución de los suelos, es decir, cómo llegaron a ser lo que son. La edafología estudia sus características y cualidades para determinar limitaciones, usos y distribución, y de ahí pasa a la aptitud agrícola, ganadera y forestal. Un estudio de capacidad de uso es trabajo edafológico apoyado en la pedología: para saber qué clase es un suelo hay que entender cómo se formó.
El suelo en la interfaz
El suelo existe porque la litósfera, la atmósfera, la hidrósfera y la biósfera se tocan en él. Regula los ciclos de agua y de nutrientes, filtra y retiene contaminantes, sostiene la actividad biológica y es el soporte de los cultivos, de los asentamientos y de la infraestructura. El Departamento de Agricultura de Estados Unidos resume sus funciones en cinco: sostener la actividad y la diversidad biológica, regular y repartir el agua y los solutos, filtrar e inmovilizar materiales orgánicos e inorgánicos, almacenar y reciclar nutrientes, y dar apoyo a las estructuras humanas.
Tiene además una propiedad que lo distingue del aire y del agua: la resiliencia. Los procesos de degradación no se notan de inmediato sino después de un tiempo, y por eso la protección ambiental llegó primero al agua y al aire, cuyos daños se ven antes. Cuando el deterioro del suelo se hace visible, suele llevar décadas ocurriendo.
De qué está hecho

En volumen, un suelo mineral típico tiene alrededor de 45 por ciento de materia mineral, 5 por ciento de materia orgánica y 50 por ciento de poros, repartidos en partes más o menos iguales entre agua y aire. Las proporciones de agua y aire cambian con el clima y el manejo dentro de un mismo suelo; las de sólidos y poros cambian de un suelo a otro. En Chile la variación es grande: un suelo aluvial de la zona central tiene entre 45 y 50 por ciento de poros y 1 a 3 por ciento de materia orgánica, mientras que un trumao de cenizas volcánicas llega a 60 o 70 por ciento de poros y 8 a 20 por ciento de materia orgánica, y un ñadi del sur puede superar el 25 por ciento de materia orgánica.
La fracción mineral es una mezcla de minerales con propiedades diversas; determina las propiedades físicas y, a través de las arcillas, buena parte de las físico-químicas. La fracción orgánica incluye residuos en distintos grados de descomposición y a los propios organismos del suelo, vivos y muertos; la parte humificada influye en la retención de agua, la aireación y el intercambio de iones. El aire del suelo tiene más dióxido de carbono y menos oxígeno que el exterior, por la respiración de raíces y microorganismos. Y el agua del suelo es una solución, no agua destilada: lleva disueltos los iones que las plantas absorben.


Perfil, horizonte, estrata, pedón
El perfil es una sección vertical del suelo desde la superficie hasta el material rocoso, que muestra las capas que lo forman. Un horizonte es una capa aproximadamente paralela a la superficie cuyas propiedades fueron producidas por los procesos formadores; entre horizontes hay una relación genética. Una estrata, en cambio, es una capa que el observador separa por alguna característica descriptiva (textura, color, piedras, moteados, raíces, sales), sin que medie una relación de origen; un horizonte puede contener varias estratas. El pedón es el volumen más pequeño que representa a un suelo, con una superficie de alrededor de un metro cuadrado, y el polipedón es el conjunto de pedones semejantes que forma una serie de suelos, la unidad con que se levantan los mapas.
Los horizontes maestros se designan con letras mayúsculas. El O es orgánico, con al menos 35 por ciento de materia orgánica parcialmente descompuesta, y no está saturado de agua más que unos pocos días al año; el H es su equivalente formado bajo anegamiento permanente. El A es el horizonte mineral superficial enriquecido con humus, más oscuro que lo que tiene debajo. El E es un horizonte de pérdida, más claro, del que se han lavado hierro y arcilla fina hacia abajo. El B es donde esos materiales se acumulan. El C es material no consolidado a partir del cual se desarrolló el suelo, sin marcas de alteración pedogenética. Y la R es roca continua, tan coherente en húmedo que no se puede excavar con pala; no es un verdadero horizonte. Letras minúsculas añaden información: una p indica aradura, una t acumulación de arcilla, una k carbonatos, una g gley por saturación. No todos los suelos tienen todos los horizontes, pero todos tienen alguno, y su espesor y expresión varían.
Los cinco factores de formación
Jenny escribió en 1941 la ecuación que ordena la pedología: el suelo es una función del clima, los organismos, el relieve, el material parental y el tiempo. Dice dos cosas importantes. Que para una combinación dada de factores solo puede existir un tipo de suelo, esté donde esté. Y que cualquier propiedad, el pH, el contenido de arcilla, la porosidad, está determinada por esa combinación. Los factores actúan a través de cuatro procesos: adiciones, remociones, transferencias y transformaciones.
El material parental es la roca o el sedimento de partida y determina sobre todo la textura y la reserva de nutrientes. Las rocas ígneas y las areniscas cuarzosas dan suelos ligeros; las sedimentarias finas dan suelos pesados y arcillosos, propensos a la compactación; las metamórficas, con su foliación, dan suelos variados según el grado de alteración. Importan tres parámetros de la roca: su composición mineralógica (los minerales inestables se alteran rápido y forman suelo, el cuarzo casi no), su permeabilidad y su granulometría. En Chile conviene distinguir los materiales por su transporte: aluviales, llevados por ríos, con textura heterogénea y clastos redondeados; coluviales, acumulados al pie de los cerros, angulosos y desordenados; eólicos, depositados por el viento, homogéneos; y volcánicos, de cenizas y piroclastos, que en el caso de los trumaos se comportan como un depósito eólico por lo uniforme de sus partículas.
El clima actúa por la temperatura y la humedad sobre la meteorización, y de manera indirecta a través de la vegetación. La arcilla aumenta con las precipitaciones y la temperatura, que favorecen la alteración; la materia orgánica aumenta con las precipitaciones y disminuye con la temperatura; y hacia el sur, con más lluvia, los suelos se acidifican y pierden bases del complejo de cambio. En Chile el clima está condicionado por la latitud y moderado por el mar y la corriente de Humboldt, pero para explicar la variación local hay que mirar el microclima: exposición, posición en el paisaje, altitud.
El relieve regula a los demás factores. Decide si en un punto predomina la erosión o la acumulación, cuánta agua entra y cuánta escurre, hacia dónde drena, cuánta radiación recibe una ladera. En los pies de ladera se forman suelos acumulativos, espesos y de textura fina; en las cimas y laderas altas, suelos delgados y jóvenes. Las formas cóncavas retienen agua y las convexas la pierden; las superficies planas pueden encharcarse y adquirir colores grises, moteados y poco desarrollo estructural. En Chile las exposiciones al norte dan suelos más delgados, más secos y con menos materia orgánica, y por lo tanto más frágiles.
Los organismos aportan la materia orgánica, aumentan la porosidad, protegen contra la erosión y mezclan el suelo. Las raíces entran en las fisuras de la roca y la desmenuzan; los microorganismos transforman los residuos y sin ellos casi no hay humificación. El conjunto de la vida del suelo se llama edafón.
El tiempo es el factor que menos se ve y más pesa. Los procesos son lentos y desiguales: un suelo maduro puede tardar entre dos mil y veinte mil años en formarse, y un centímetro de suelo puede tomar unos trescientos años. Se forma más rápido sobre materiales sueltos e inestables que sobre roca dura, y más rápido en climas cálidos y húmedos que en fríos y secos. Esa es la razón de fondo para tratar el suelo como un recurso no renovable a escala humana: lo que se pierde en una temporada de mal manejo no vuelve en una vida.
Lo que esto significa para la producción
La productividad es la capacidad de un suelo de producir una planta o una sucesión de plantas bajo un sistema determinado, y se mide en rendimiento. Depende de las características naturales del suelo y del clima y también del manejo: un suelo naturalmente pobre puede volverse productivo con riego, fertilización y drenaje. La ley del mínimo de Liebig sigue vigente: el factor más limitante determina el nivel de producción. Un suelo productivo es fértil, pero un suelo fértil no es necesariamente productivo, porque puede tener otras limitaciones, físicas, químicas o biológicas, que la fertilidad no resuelve. Reconocer esas limitaciones es el primer paso de cualquier clasificación.
Jenny, H. (1941), Factors of Soil Formation. Brady, N. y Weil, R. (2008), The Nature and Properties of Soils. Honorato, R., Manual de edafología (Ediciones UC). Soil Survey Manual (USDA, 2017). Soil Quality (USDA, Natural Resources Conservation Service).